jueves, marzo 12, 2009

(un cuento corto)

Mamá

Mamá despierta cansada después de descansar. Siente que desde lo oscuro vendrá un golpe contra toda tranquilidad y ningún ángel podrá protegerla, sus hijos hemos olvidado los rezos que ella nos enseñó y sólo podemos ensayar a cubrirla con un abrazo para espantar los espantos. Ella tiene el cabello negro pero algunas angustias blancas. Es mucho más joven que lo vieja que se siente. Y se sienta a cubrirse a veces de un frío chiquito que es capaz de quemarle las entrañas, que le trepa por las piernas y hace estación en sus rodillas. Pero debo decir que igual la he visto sonreír bailando tango, silbando un recuerdo, fumándose los días. Con la memoria puesta en un barrio y en un pueblo que hasta el olvido dejó atrás. Me gusta cuando ríe contando historias con nombres que no conozco.

Algunas lágrimas también son su manera de contestar el teléfono. Recién levantas el auricular y ya estás empapado en esa tristeza que viaja por el cable delgadito que va hasta la pared de su casa que también es la urna de un encierro.

La escucho, sé que en sus ojos habita un naufragio. Entonces, otra vez, nos echamos al agua sin saber nadar para intentar llegar a la vecina orilla.