jueves, marzo 12, 2009

(un cuento corto)

Mamá

Mamá despierta cansada después de descansar. Siente que desde lo oscuro vendrá un golpe contra toda tranquilidad y ningún ángel podrá protegerla, sus hijos hemos olvidado los rezos que ella nos enseñó y sólo podemos ensayar a cubrirla con un abrazo para espantar los espantos. Ella tiene el cabello negro pero algunas angustias blancas. Es mucho más joven que lo vieja que se siente. Y se sienta a cubrirse a veces de un frío chiquito que es capaz de quemarle las entrañas, que le trepa por las piernas y hace estación en sus rodillas. Pero debo decir que igual la he visto sonreír bailando tango, silbando un recuerdo, fumándose los días. Con la memoria puesta en un barrio y en un pueblo que hasta el olvido dejó atrás. Me gusta cuando ríe contando historias con nombres que no conozco.

Algunas lágrimas también son su manera de contestar el teléfono. Recién levantas el auricular y ya estás empapado en esa tristeza que viaja por el cable delgadito que va hasta la pared de su casa que también es la urna de un encierro.

La escucho, sé que en sus ojos habita un naufragio. Entonces, otra vez, nos echamos al agua sin saber nadar para intentar llegar a la vecina orilla.

10 comentarios:

  1. ... yo le canto desde aquí
    esta zamba que una vez te prometí...

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  2. Lo leí escuchando Pa'l Camino de Sueste.
    Y terminé envuelta en lágrimas.

    Un abrazo Juan.

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  3. Como decía una canción que me enseñaron cuando estaba chiquita:
    "Todos tienen una madre, ninguna como la mía..."

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  4. Porque la veo hace un cuarto de siglo ya; porque la acabo de ver tal y como es; pero además porque el tango, los silbidos y un pueblo no hacen sino sumar fichas perfectas en ese rompecabezas, doy fé de de que este texto es un perfecto documento.

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  5. John Lennon cantaba una canción de amor llamada Julia, tan hermosa como esta que acabo de leer, que me invita a cantar también.

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  6. También lo sé.
    Hay conocimientos y capacidades de percepción que sólo se transmiten por el cordón umbilical.

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  7. Pareces que has puesto parte del retrato que hacen mis hijos de su madres. O sea: Yo.
    Jeje! Porqué todas las mamás de esa época (año más o año menos) nos parecemos tanto cuando un hijo cariñoso nos describe?
    Pregunta: Nos parecemos o nos volvemos así a medida que ejercemos nuestro maravilloso trabajo de madres? Un beso para ti,

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  8. Y la tristeza se impregna en ella y nos acostumbramos a verla y a verlas y su dolor se vuelve paisaje, y “a veces, sometimes” no nos echamos al agua aún sabiendo nadar.

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  9. Juan, mi mamá lavaba los sábados en la noche. Como en un ritual separaba las ropas y decidía qué iba a la lavadora, no mucho por cierto porque ese aparato le funcionaba para las cosas grandes, lo otro, lo que ella llamaba pequeño y que era demasiado te lo aseguro, lo lavaba a mano, entonces encendía la grabadora, ponía el mismo casete donde sonaba la misma canción “y si por verme has vuelto… al fin somos amigos, que grato conversar… pero ni me menciones que estás arrepentida… amigos nada más…” y las lágrimas le corrían por su cara como mares en luna llena, mientras ella lavaba “lo otro” en el lavadero que quedaba en la parte trasera del patio bajo el cielo -muchas veces estrellado- y tarareaba, tarareaba y tarareaba… “amigos nada más”.
    Las mamás duelen, no sé porqué extraña razón.

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