miércoles, noviembre 01, 2006

El Olvido Que Seremos

Por estos días leo, qué digo leer, para ser sincero lloro de tristeza y de ternura mientras paso la mirada y los pensamientos sobre las líneas del libro El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince y que no es más que el retrato de un hombre amado por otro otro hombre; el amor del hijo por el padre. Una historia con final infeliz que empieza con recordarnos lo que ya sabíamos: a Héctor Abad Gómez lo matan y no fue el mayordomo. Esta novela que no es novela me lleva por esta ciudad que también es parroquia y a todo lo llama con nombre y apellido, polaroid de locura ordinaria es esta biografía del hijo contando al padre. En la solapa me hablan de Kafka visitado al revés en su Carta al Padre... yo recuerdo Big Fish, Invasiones Bárbaras, Adiós a Lenin, Historias Mínimas, Crash. El tono menor de las grandes historias es así.
El asunto, este libro, empieza con este epígrafe de Yehuda Amijai:
Y por amor a la memoria
llevo sobre mi cara la cara de mi padre
traigo aquí un poema publicado, años ya, en la revista Número...
MEMENTO
Por Héctor Abad Faciolince
Mi padre era doctor y olía a limpio.
Me gustaba el recuerdo de su olor sobre la almohada cuando se iba de viaje,
y miraba hechizado cuando estaba en la casa su brocha de afeitar.
Con sus cuchillas, por tocarlas, por medirles el filo que raspaba sus mejillas, me corté muchas veceslas yemas de los dedos.
¡Esa sangre tan roja entre mis manos!
Por la mañana amabalas huellas de sus pies en las baldosas
y los rollitos de los calcetines dejados en el suelo,
y sus muchas corbatas en el clóset
tras el frasco de agua de colonia Roger Gallet, que alguna vez regué.
Nunca consideré si era feo o buenmozo
por mucho que los otros mencionaran su nariz de rabino y su cabeza calva.
No lo consideré, pero cuando mis ojos veían su semblante para mí era la calma.
Yo tocaba tambor en su barriga
y desde sus rodillas en las lentas mañanas del domingo rodaba piernas abajo por las espinillas.
Mi hermana un día lo hizo desmayar con un abrazo,
y él siempre a todos nos dejó aturdidos con la ventosa enorme de sus besos
y con el viento de sus carcajadas.
Mi padre recitaba poemas de memoria y me leía en voz alta el Martín Fierrobajo un árbol umbroso de Rionegro.
Todos los sábados se ponía un sombrero y en su rosal se hacía jardinero.
«Nací en el siglo XIII y campesino, no tengo otro abolengo».
Como era liberal, se decía cristiano y comunista porque amaba a los pobres,
porque sufría con el sufrimiento.
Mi padre vacunaba por las selvas, daba horas y horas y más horas de clase en la universidad y también en las cárceles, participaba en marchas de protesta
empuñando con furia sus pañuelos blancos
y publicaba artículos en los periódicos diciendo el nombre de los torturadores,
«capitán tal, sargento hijo de tal»,
denunciando secuestros, asesinatos y desapariciones.
Yo lo quería tanto que, de niño, había decidido morir si él se moría.
No lo cumplí de grande, hace unos años, cuando no se murió sino que lo mataron.
Aunque era manso, tal vez porque era manso lo mataron.
También era valiente y no envalentonado, era manso y valiente
porque estaba en peligro y no sentía miedo
y su única arma eran las teclas de una Olivetti azulo el azul de la tinta de un bolígrafo.
Eso ha tenido un nombre: resistencia.
Nunca entendimos que lo hubieran matado
ni que el traje con sangreque me entregaron en el anfiteatro
pudiera ser su traje con su sangre.
¡Nunca sangre tan roja entre mis dedos!
Había en los bolsillos un poema de Borges, «Epitafio»,
una lista de muerte con su nombre,
y una bala incrustada en el forro del cuello.
La bala fue una de las seis que lo mataron y no la conservamos;
los nombres de la lista fueron siendo borrados, en los meses siguientes, por los asesinos.
El poema decía:«Ya somos el olvido que seremos».
Y es verdad. A veces lo olvidamos.
Yo voy a recordarlo el día en que me muera.
(Caracas, viernes 26 de febrero de 1999)

2 comentarios:

  1. No existe antídoto contra la fugacidad que nos invade.
    Somos perecederos.
    Tenemos fecha de vencimiento.
    La única inmortalidad real es también perecedera y consiste en la posibilidad de perdurar, unos más, otros menos, en las memorias de quienes nos amaron o de quienes nos odiaron.
    La diferencia es que esa perdurabilidad dura un poco más en el pensamiento del ser amado, porque se resiste a olvidar.
    Volvemos a la misma historia: estamos destinados a caducar. Sólo el amor nos da un delay.

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  2. Anónimo6:13 p.m.

    muerte. Con minùscula como firma la muerte de Saramago. con las palabras de Hèctor Abad llorè, no con la calma y pausa como cuando supe de los cachos de aquel. Sino con la desesperaciòn de quien se da cuenta que las cosas no han cambiado, y como hace 19 años, aquellos siguen matando a los de siempre. Un abrazo.

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